Presentación en el III Encuentro Mundial de los Movimientos Populares

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Salutación al Papa Francisco durante el 3er. Encuentro Mundial de los Movimientos Populares en la magna ceremonia de clausura en el Aula Paulo VI.
Foto L’Osservatore Romano, Sábado 5 de noviembre 2016.


Una de las señales más ominosas de la perversidad del capital es la masa de gente sin país que Naciones Unidas estima conservadoramente en 244 millones de seres humanos, que es el tema que nos ocupa esta mañana, este día: Los migrantes y los refugiados.

La migración involuntaria hoy se nos presenta como las trágicas consecuencias de la guerra, de los desastres causados por la devastación climática y los daños al medioambiental, por la violencia del crimen, por la injusticia económica y por la discriminación social. Todo esto, junto o separado, provoca la desestabilización de las comunidades, de la convivencia familiar y colectiva y por lo tanto causa el desplazamiento de sus miembros más capaces que pueden huir en busca de la sobrevivencia.

Solamente los bombardeos en Siria provocaron más de cien mil desplazados en un lapso de ocho días, entre agosto y septiembre pasados.

La violencia del narco provocó en México el desplazamiento forzado de más de 200 mil mexicanos durante lo más álgido de la llamada guerra contra las drogas impuesta por el gobierno de Estados Unidos.

En Honduras, solamente en el 2014, la violencia criminal desplazó a 174 mil personas.

Tocante a los efectos de la crisis climática y ante la reciente agresividad de los incendios en California y las inundaciones en Luisiana, se ha estimado que hay más de cien mil refugiados climáticos en Estados Unidos.

Sin embargo, las penurias económicas siguen siendo de las principales causas de la migración involuntaria y del tráfico de personas que se origina en Africa y el Sureste Asiático, que es el drama de las diversas formas de trata de personas que el Papa Francisco nos recordó en su Exhortación Apostólica Evangelii Gadium con estas palabras:

“Quisiera que se escuchara el grito de Dios preguntándonos a todos: ‘¿Dónde está tu hermano?’ (GN 4, 9) ¿Dónde está tu hermano esclavo?”

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Las guerras de ocupación, el narcotráfico, las calamidades “naturales” y las convulsiones económicas, solamente son los efectos de algo más profundo. Son los efectos de un sistema económico donde la apropiación de la riqueza a través del saqueo de los bienes comunes, de la explotación humana y de la naturaleza que resulta en la migración involuntaria, con todas sus secuelas sociales y morales; la tragedia de los millones de desdichados que buscan escapar de sus países que los expulsan y al mismo tiempo entrar a los países que los rechazan, países que a su vez provocaron esa migración involuntaria como trataremos enseguida.

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Todos los que en algún momento hemos leído La Biblia, desde un principio nos damos cuenta que la primera ocupación fue el trabajo agrícola y que los primeros trabajadores del campo fueron Adán y Eva.

Génesis 3 (4 Desobediencia del hombre)

19 Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás

23 Y lo sacó Jehová del huerto del edén, para que labrase la tierra de que fue tomado…

Si interpretamos estas palabras literalmente, pudiéramos llegar a la conclusión de que el trabajo agrícola de los migrantes es una condenación. Y en efecto, si damos una mirada a las condiciones de opresión y explotación en los campos del agronegocio, confirmaríamos que esta ocupación no es necesariamente una bendición.

Durante más de 30 años he estado organizando trabajadores agrícolas migrantes en la frontera de los EUN y México. Dirijo una organización y un Centro de los Trabajadores Agrícolas Fronterizos, basado en El Paso, Texas.

Se trata de cinco mil a 12 mil migrantes, dependiendo del mes del año, que llegan a esa región a trabajar en los campos agrícolas, en las granjas y en las lecherías. Estos trabajadores migrantes sufren bajos salarios, maltratos y toda clase de abusos, no solamente de parte de sus empleadores pero también de parte de las autoridades, principalmente de la Patrulla Fronteriza.

¿Quiénes son estos trabajadores agrícolas migrantes en los Estados Unidos?

Son los campesinos arruinados del Sur que han perdido la capacidad de producir la comida para alimentar a sus familias y a sus comunidades. Así que tienen que llegar al Norte, legal o ilegalmente, para vender su fuerza de trabajo al agronegocio, al capital, bajo los términos y las condiciones que se les imponen.

Estos migrantes tienen que trabajar a pesar de los bajos salarios y las insoportables condiciones laborales porque sus familias tienen que vivir. Es una cuestión de necesidad real impuesta por circunstancias de pobreza, discriminación y marginación.

Otra parte es la falta de derechos así como la indiferencia de la sociedad.

Regresando a esa parte del génesis. Si hacemos una interpretación correcta de lo ocurrido, tenemos que reconocer que en realidad no estaba intentando castigar a Adán y a Eva. Esa sería una interpretación incorrecta porque el Dios del amor y de la justicia no castiga a sus hijos y a sus hijas. Al contrario, Dios quiere lo mejor para ellos. Lo que hace Dios es dar a Adán y a Eva el mandato para ir a trabajar la tierra y producir la comida necesaria para sostener la vida. Se trata del más maravilloso y hermoso mandato porque la comida es el más importante y sagrado elemento en nuestras vidas. Y porque es a través de la producción de comida que los hombres, las mujeres y los jóvenes trabajan con la tierra y es así, cultivando la tierra, que la cuidan y la protegen. Esto es, lo que en La Vía Campesina llamamos la soberanía alimentaria. Trabajar la tierra para satisfacer las necesidades nutricionales de la humanidad de una forma en que protegemos la integridad de la naturaleza o el bienestar de la hermana Madre Tierra, en contraposición al agronegocio, a la agricultura capitalista.

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Finalmente, quiero sugerir que es tiempo de ver la migración voluntaria de una forma distinta a como se ve hoy en día.

Cuando empiezan a aparecer cuerpos en el desierto del suroeste de Estados Unidos o cuando el mar arroja cuerpos a las playas del sureste de Europa, a todos se nos estremece el corazón. Nos conmueve, nos entristece y nos indigna. Y urgimos a todo mundo a realizar acciones de auxilio y caridad y la sociedad civil, los gobiernos y las instituciones responden por lo regular con la instalación de albergues para refugiados. Pero pronto estos albergues se convierten en insoportables campos de concentración y los refugiados se convierten en una molesta carga social.

Hay otra forma de ver el problema de la migración a través del lente de la colonización; del despojo de riquezas y del genocidio.

Desde hace muchos siglos, cuando los colonizadores europeos, armados con sus espadas, fúsiles y la cruz, pusieron sus pies en las tierras sagradas de los pueblos indígenas, las primeras naciones, los pueblos originarios, los nativos americanos, se inició la lucha y la resistencia para proteger a la Madre Tierra, al agua, en fin, a todo lo necesario para la vida.

524 años después esta lucha continúa en todo el continente de donde vengo. Su epicentro actual es “Standing Rock” (Piedra Parada) donde el pueblo Sioux enfrenta una batalla para detener el oleoducto “Dakota Access Pipeline” en Dakota del Norte. Esta batalla es la más importante que se libra en nuestros días y su desenlace nos va a afectar a todos y a todas.

Urge la solidaridad mundial con esta lucha tan crítica del pueblo Sioux. Como la iglesia norteamericana ha estado silenciosa, un mensaje de solidaridad del Santo Padre en estos momentos, fortalecería e inspiraría la lucha heroica en “Standing Rock”.

Por otra parte, el saqueo colonizador fue tan brutal y de tal magnitud que creó una deuda social enorme que nunca se ha saldado, que nunca se ha pagado. Entonces, imaginemos que esos millones de desdichados y desesperados migrantes y refugiados que logran llegar vivos al Norte, son los herederos de esa enorme deuda social pendiente y están llegando a hacer cuentas y a cobrar.

En el caso de los trabajadores agrícolas migrantes, como los que yo represento, la opresión y la explotación los ha orillado a una rebeldía como no se había visto en mucho tiempo. En todas parte, desde los campos de cultivo del Valle de San Quintín en el Pacífico mexicano, hasta la región cafetalera de Sur de Minas en Brasil, hasta los campos de verduras de Sudáfrica ha brotado una insurgencia de los asalariados rurales y agrícolas migrantes.

Porque la migración es también una forma de resistencia. Es luchar contra el destino al que lo ha condenado el capital. Es resistir y luchar para no desaparecer como pueblo, como indígenas, como campesinas y campesinos, como mujeres y juventud. Es una lucha para no desaparecer en un sistema económico donde no tienen cabida, por eso el Papa Francisco los llama los “descartables” del dios del dinero y por eso, además, representan claramente un desafío al sistema.

Este sistema, al provocar la migración involuntaria, ha creado al sujeto critico para todas las luchas anti-sistémicas en que estamos inmersos. Porque sin las y los migrantes no es viable ninguna lucha emancipadora.

Carlos Marentes
Viernes 4 de noviembre 2016

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