Solidaridad con el MST

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João Baptista Herkenhoff

Tenemos que repudiar la idea falsa y prejuiciosa que intenta endilgar al MST el calificativo de “enemigo social”, confundiendo una lucha legítima, que debe merecer nuestro apoyo y simpatía, con un motín de revoltosos.

Desde nuestro punto de vista, el Movimiento de los Trabajadores Rurales sin Tierra (MST) es el más importante movimiento social del Brasil contemporáneo. El MST nació en 1984, por iniciativa de trabajadores rurales ligados a la Iglesia Católica.


Según datos de la Comisión Pastoral de Tierra (CPT), órgano ligado a un conjunto de de Iglesias cristianas, existen, actualmente, cerca de 300 mil familias viviendo bajo el abrigo de tiendas de plástico junto a las carreteras. Los trabajadores de los campamentos revelan sólo la cara militante del grito de justicia del MST. Si profundizamos en el análisis de las estadísticas existentes, la situación real es mucho más dramática.

Brasil posee 600 millones de hectáreas de tierra cultivable. Sin embargo, el 2% de propietarios rurales son dueños del 48% de las tierras cultivables. Hay latifundios con extensiones superiores al territorio de países como Holanda y Bélgica.

Según el Atlas Agrario del Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA), “existen 3.114.898 predios rurales registrados en el país que ocupan un área de 331.364.012 hectáreas. De ese total, los minifundios representan el 62,2 % de los predios, ocupando el 7,9 % del área total. En el otro extremo se verifica que el 2,8 % de los predios son latifundios que ocupan 56,7 % del área total”.

Con base a esta información, la CPT concluye que: “Lamentablemente, Brasil ostenta el deplorable título de tener la segunda mayor concentración de la propiedad agraria, en todo el planeta”.

Un tercio de la población brasileña vive por debajo de la línea de pobreza, con una renta mensual inferior a 60 dólares. Un octavo de la población vive por debajo de la línea de la indigencia, con una renta mensual menor de 30 dólares.

Gran parte de esos excluidos fueron expulsados del campo:

a) Por la fuerza de los latifundios que amplían sus dominios;

b) Como consecuencia de las represas que son construidas sin prestar ninguna atención a aquellos que son expulsados de su suelo;

c) Y por último, a causa de los intereses bancarios extorsivos que transforman al pequeño propietario rural de ayer en el hombre sin referencia y sin horizontes de hoy, condenándolo a deambular por las calles de la ciudad, o a retomar el sueño de vivir, en los campamentos de los trabajadores sin tierra.

La Confederación Nacional de la Industria encomendó una investigación sobre los sentimientos del pueblo, en relación al MST. El grado de aceptación y aprobación del MST, en el seno de la opinión pública, merece nuestra atención:

El 85% de los encuestados apoyaban las ocupaciones de tierra, realzadas sin violencia y muertes;

El 94% consideraba justa la lucha del MST por la reforma agraria;

El 77% consideraba al MST como un movimiento legítimo;

El 88% dijo que el Gobierno debería confiscar las tierras improductivas y distribuirlas a los sin-tierra.

Las marchas del MST, en mi opinión, son marchas de lucha por la Justicia, son marchas cívicas de salvación nacional.

Cuando asusta la migración del campo a la ciudad, en un país que, por su inmensa extensión territorial, tiene vocación agrícola, lo que el MST pretende es la migración de la ciudad al campo.

Veo un trazo de poesía en esa trayectoria: migran de la desesperanza a la esperanza, de la exclusión a la inclusión, de la condición de apátridas del abandono social a la condición de constructores de la Madre Patria gentil de todos nosotros.

Tenemos que repudiar la idea falsa y prejuiciosa que intenta endilgar al MST el calificativo de “enemigo social”, confundiendo una lucha legítima, que debe merecer nuestro apoyo y simpatía, con un motín de revoltosos.

De la misma forma merece esclarecimiento la idea, a veces generalizada, de que la reforma agraria repartiría pobreza en el campo. Los hechos llevan a conclusiones diametralmente opuestas.

Lo expresó muy bien el Foro Nacional por la Reforma Agraria y Justicia en el Campo: “Con todas las adversidades, la agricultura familiar representa hoy el 80% del abastecimiento de los productos que componen la canasta alimenticia esencial y emplea casi el 90% de la mano de obra en el campo.

“La pequeña propiedad genera un empleo por cada 5 hectáreas mientras el latifundio necesita de 223 hectáreas para generar un empleo. (…) Considerado el desempleo y el deterioro de la calidad de vida en los centros urbanos brasileños, la vida en las ciudades es cada vez más insostenible. En este contexto, la reforma agraria es el elemento central de un nuevo rumbo para el desarrollo en Brasil”.

– João Baptista Herkenhoff es docente de la Universidad Federal del Espíritu Santo y miembro emérito de la Comisión Justicia y Paz de la Archidiócesis de Victoria

Fuente: Brasil de Fato

ESPAÑOL: ALAINET

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