Muerte en la lechería

(Gracias al amigo Cody S. Witherel, estudiante de St. Lawrence University, Canton, NY, por la información que me proporcionó para esta nota)

Carlos Marentes

El 20 de marzo del 2011, uno de los trabajadores de Butterville Farm, Porfirio López, de 46 años de edad, se cayó de una cerca mientras laboraba en la granja. Debido a la caída, Porfirio sufrió múltiples golpes en el cráneo, cuello y costillas y murió en ese momento.

El que un trabajador muera en un accidente de trabajo en una granja no es algo excepcional. En realidad, muchísimos trabajadores como Porfirio, pierden la vida o resultan heridos cada año. Tan es así que el mismo Departamento de Trabajo de los Estados Unidos, ha calificado el trabajo agrícola como una de las ocupaciones más peligrosas. (Bureau of Labor Statistics, agosto 19, 2010)


Pero este caso conmocionó a la región del norte del estado de Nueva York por varias razones. Concentrémonos en dos de éstas.

En primer lugar, porque Porfirio era un indocumentado originario de Guatemala. De hecho, él era uno de ocho migrantes que laboraban en ese rancho. Un días después del fatal accidente, un grupo de agentes del Departamento de Seguridad Doméstica o “ICE”, catearon al lugar y detuvieron a cinco migrantes indocumentados más, también originarios de Guatemala. Otros tres más fueron detenidos poco después en el mismo lugar. De acuerdo al agente especial del ICE, Shawn Boutot, los migrantes detenidos declararon que no tenían documentos y que el dueño de la granja lo sabía. Declararon además que tenían trabajando de dos semanas, el trabajador más nuevo, hasta cuatro años el de más antigüedad en la granja y que “cada uno de ellos trabajaba turnos de 12 horas diarias, seis días a la semana, ordeñando vacas…”

Estos migrantes padecían condiciones muy graves de explotación en Butterville. Según el agente Boutot, uno de los trabajadores declaró; “Trabajo turnos de 12 horas, seis días a la semana pero a la gente inglesa (angloamericanos) le pagan más y le dan más tiempo de descanso”. (Criminal Complaint, United States District Court, Northern District of New York, marzo 29, 2011)

Entonces, la muerte de Porfirio López confirmó una realidad que la sociedad pretende ignorar. La agricultura norteamericana depende de la mano de obra de los migrantes indocumentados. Estos indocumentados, por su parte, sufren una explotación y opresión como no se encuentra en otros sectores de la fuerza laboral.

En segundo lugar, agentes de ICE se presentaron en Butterville Farm y detuvieron a su co-propietario y gerente de la granja, John Barney. Ese mismo día, Barney fue presentado ante la Corte de Distrito acusado de “esconder inmigrantes ilegales” en violación al Código Federal, que puede resultar en castigo de hasta diez años de cárcel y una multa de hasta 250 mil dólares. Esa misma tarde, Barney fue puesto en libertad bajo palabra pendiente a un juicio que determinará su culpabilidad o inocencia.

La detención de Barney causó un alboroto tremendo en el norte de Nueva York y particularmente en la zona rural donde se localiza Butterville Farm. Los granjeros de la región reprocharon públicamente la detención de Barney y condenaron la política de inmigración norteamericana que “criminaliza tanto al patrón como al trabajador solamente por realizar el esencial trabajo de producir comida”, según señaló un editorial del periódico “Watertown Daily Times” del 1 de abril del 2011.

Hasta la senadora Kirsten E. Gillibrand se quejó directamente con la secretaria del Departamento de Seguridad Doméstica, Janet Napolitano, por las “tácticas agresivas” de los agentes de ICE durante la investigación en Butterville Farm.

En los días siguientes, la molestia general por el cateo en la granja y la detención de Barney subió el tono de las declaraciones. El coordinador agrícola del condado Jefferson, Jay M. Matteson, criticó la actuación de ICE declarando a los medios que “la comunidad agrícola no se merece esto”, mientras que Arthur F. Baderman, declaró que a los bajos precios de la leche que enfrentan los granjeros, hay que agregar que el mercado laboral se está encogiendo en esta época de “tanta sensibilidad” sobre los trabajadores extranjeros.

Así que la conmoción causada por la muerte del infortunado Porfirio López, también confirmó que la industria agrícola siempre busca reducir los costos de producción para ser “competitiva” o, en el caso de la pequeña agricultura y la agricultura local, para sobrevivir. Han sido precisamente los pequeños negocios agrícolas y granjas familiares que han tenido problemas económicos muy serios. Según el periódico “Burlington Free Press”, de junio 24 del 2010, el mismo Departamento de Agricultura predijo que “los granjeros recibirán en promedio $1.35 (en dólares) por galón de leche este año, que es 30 centavos menos al promedio del 2007 y muy por debajo del precio necesario para salir parejos”. En esta misma nota, el granjero Paul Rozwadowski, se quejó de que “mientras los consumidores pagan en las tiendas más de cinco dólares por una libra de queso, los granjeros sólo recibimos poco más de un dólar por esa misma libra”.

Entonces, para ser rentable, la agricultura mantiene costos de producción bajos por medio de reducir permanentemente el gasto asociado al trabajo.

Es la regla del mercado capitalista que consiste en aumentar el trabajo y al mismo tiempo mantener el mismo salario si es que no es posible bajarlo más. Pero como cada vez aumentan más la resistencia de los trabajadores agrícolas y sus acciones en contra de la explotación y de condiciones cada vez más opresivas, entonces la industria echa mano de los migrantes “sin papeles”, los “ilegales” dice la sociedad, los que no tienen derechos y que no son nada.

¡Y que conveniente!

Cuando ya no son indispensables o que también se rebelan, simplemente son deportados a su tierra.

Son la mano de obra barata que sostiene a la agricultura norteamericana y hace posible su rentabilidad. Y lo más atroz de todo, es que su vida no vale nada. Como la demuestra el alboroto causado por la muerte en la lechería Butterville Farm, el inevitable uso de obra indocumentada para asegurar la rentabilidad y la consiguiente detención del granjero, son el tema central. Que para empezar un ser humano haya perdido la vida es algo secundario.

La muerte de Porfirio López es lo de menos.

Porfirio y los muchos migrantes sin papeles que han perdido la vida en el norte, solamente son los “daños colaterales” del mercado, algo, que de acuerdo al sistema capitalista, no debe preocupar tanto a la sociedad…

Al menos que muchos no estemos de acuerdo y que nos duela el fallecimiento de Porfirio López y de todas y todos los migrantes víctimas de este sistema capitalista fatídico. Al menos que muchos sigamos pensando que la vida humana debe ser lo más importante y que tenemos que cambiar el sistema.

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