Diez minutos para acabar con el capitalismo


Jean Salem

DIEZ MINUTOS. Aquella tarde cada ponente disponía de diez minutos para hablar de la actualidad del marxismo. Justo el tiempo de una entrega de premios.

Caritativamente. El primero minuto yo lo había dedicado aquella tarde a los pitufos caritativos, a esos dignos representantes de una generación que ha pisoteado sus valores, de una generación de palinodias y jueguecitos en Bolsa, de “comercio justo”, de payasadas humanitarias mezcladas de culto-al-ego y frenéticas llamadas a la guerra. Porque en el fondo de este océano de azúcar, de miel y de caramelo blando en el que hemos tenido que sobrevivir, como en estado de apnea, durante veinte años; en esta feria de buenos sentimientos (que como no hacen mal ninguno, no pueden hacer más que el bien), a lo que finalmente hemos asistido es a la santificación de la actual situación de facto.


La actualidad del marxismo se basa, pues, en primer lugar en que denuncia al capitalismo en tanto que sistema, y nos procura los instrumentos que hacen salir a una luz cegadora la inanidad de todo angelismo, la ineficiencia de los “reformadores del detalle”, la impostura de los que militan en la extinción del pauperismo… a partir de las diez de la noche.

Cínicamente. El segundo minuto estuvo dedicado al “pensamiento único”. Hay que volver a leer a Marx y a Lenin después del diluvio, afirmé. En los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Marx denunciaba la inhumanidad del capitalismo y la infamia de sus turiferarios. Los economistas clásicos, como Smith, Say o Ricardo, consideraban al obrero poco más que como un animal de carga. No quisieron ver en el hombre más que una máquina de consumir y producir. Lo que le pueda pasar al trabajador fuera del tiempo que dedica a trabajar, el cuidado de preocuparse un poco por ellos, lo dejan hipócritamente en manos del médico, del juez, del enterrador o del jefe de los mendigos. El completo dominio de la economía sobre la sociedad refleja una alienación total, claramente manifiesta en el poder universal del dinero: “Nuestro valor recíproco –escribe Marx– es para nosotros el valor de nuestros objetivos recíprocos”.

Podríamos encontrar en La France qui tombe, un reciente panfleto liberal, consideraciones lastimeras y cuantificadas respecto a la baja productividad que habría ocasionado cada una de las conquistas sociales, empezando por la reducción de la semana de 40 horas, en la época del Frente Popular. ¿Y por qué no nos hablan de una maldita vez de las desgracias económicas que originó la ley de marzo de 1841 que establecía en ocho años (¡!) la edad legal de contrata de niños?

Belicosamente. Durante el tercer minuto hice una muy sucinta alusión al complejo militar-industrial, bien instalado hoy al lado de lo más chic, conchabando con toda clase de mafias, detentador de mil enlaces nuevos y, muy en primer lugar, de inmensos órganos de “información” o pretendidos como tales. Dicho de otra manera, lo consagré a la confirmación cotidiana de esa tesis según la cual el sistema capitalista asegura el más bello porvenir a la guerra. A la guerra de rapiña, a la guerra de depredación, a la guerra contra aquellos que se salen de la fila o contra el que ayer mismo era un honrado competidor en el mercado “libre”, a la guerra chino-americana, por ejemplo, en adelante uno de los escenarios menos improbables de un futuro próximo.

Desigualmente. El cuarto minuto fue objeto de los grandes medios de información. Chomsky, en su best-seller Manufacturing Consent y yo mismo en un ensayo titulado Rideau de fer sur le Boul’ Mich, hemos examinado la increíble diferencia que se aplica por parte de estos medios a las masacres contemporáneas según sean o no masacres democráticas. “La clase que dispone de los medios de la producción material dispone al mismo tiempo –anotaba Marx– de los medios de producción intelectual”. Y esto vale, más que nunca, en un universo que se propone como objetivo hacer del machaqueo constante su medio natural y saturarnos de mensajes, de imposiciones, de “incitaciones”, de distracciones.

Horrible-económicamente. En quinto lugar, la irrupción religiosa de la que se diría somos testigos, las oposiciones entre tribus, las modas de otros tiempos y, aquí entre nosotros, las extrañas mezcolanzas del racismo y de la necesaria defensa del espíritu laico, todo ella ilustra claramente esta tesis nada paradójica que recuerda una nota de El capital: incluso en las épocas en que lo religioso parece constituir el elemento dominante (Marx está pensando en la Edad Media), lo económico no deja de ser el factor que determina las otras instancias de la sociedad, los comportamientos de la gente y las creencias que los mueven. Dicho de otra manera, muy listo el que pueda distinguir el favor del que por desgracia goza un cierto Islam radical en algunas regiones del globo y la exasperación social suscitada en esas mismas regiones por la injusticia y el imperialismo. Porque la religión, como escribía Marx, es siempre, en mayor o menor medida, una “protesta contra el desamparo real”.

Matemáticamente. Mi sexto minuto lo consagré a los medidores, los economedidores y otros proveedores de índices. Marx citaba y dejaba hablar a Schulz, un economista socializante, que denunciaba los cálculos de medias de los ingresos de los habitantes de una nación, cálculos que autorizan al filisteo (¡nada, definitivamente, ha cambiado!) a engañarse sobre la condición real de la clase más numerosa de la población. Se rebelaba contra los seudomodelos que, como el de la lotería de Adam Smith, pretenden justificar la existencia del capitalismo. Aquí tenemos sin duda la señal más clara de una concepción muy particular de las matemáticas que, de Hegel al joven Marx, las rechaza por abstractas, es decir superpuestas al objeto, extrínsecas a la realidad de la vida concreta. De cualquier modo, la puesta en cifras de cualquier cosa, de cualquier valor humano, constituye uno de los cánceres de esta nuestra tan curiosa época.

¿Democráticamente? Después vino el minuto séptimo. Lo reservaba concretamente para esa singular especie de medidores, los sondeadores del sufragio universal del 40 por 100 de votantes y 100 por 100 de engañados, que algunos jesuitas republicanos, algunos hongos liberales de dudosa condición como tantos que nacen por decenas en el estiércol del sufragio universal (las expresiones son de Maupassant), ayudaron a transformar en objeto de interés principal. La actual religión del sufragio universal, cuya misa celebran constantemente los institutos de sondeo o las comisiones comisionadas por la Casa Blanca, merece al menos un reexamen cuyos elementos se encuentran todos o casi todos en las obras del mismo Marx, así como en las de Lenin.

Uniformemente. El octavo minuto evocaba, como de pasada, el hundimiento de las humanidades, la devaluación del estudio, del tiempo tranquilo, de la soledad y, más ampliamente, del trabajo bien hecho. Y lamentaba yo, según fórmula ya casi indiscutible, el cretinismo general, la planchada de fútbol caída sobre este mundo de plomo, su espantosa uniformidad. “La burguesía –leemos en el Manifiesto del Partido Comunista– fuerza, bajo pena de muerte, a las naciones del mundo a implantar en su propio seno la llamada civilización”. Ella modela un mundo a su propia imagen.

Amistosamente. El noveno minuto lo dediqué a algunos de mis buenos camaradas. Como los grandes problemas de la vida de los pueblos nunca se resuelven sino “por la fuerza”, escribía Lenin en 1905, aquellos que se ponen a lloriquear en cuanto la lucha de clases se agudiza en extremo, aquellos que demandan de los socialistas lo imposible, exigiéndoles que la victoria completa se alcance sin que la resistencia de los explotadores sea aplastada definitivamente, esos que están “desde el fondo de su corazón con la revolución”, pero sólo a condición de que ésta… ¡se desarrolle sin una lucha seria y que no comporte ninguna amenaza de destrucción! En una palabra, lo que exigen es una “revolución sin revolución”, declara Lenin, retomando así los términos que había utilizado Robespierre en el año 1792: “Ciudadanos ¿queréis una revolución sin revolución?”.

A propósito: los retratos de Robespierre (hasta entonces el Anticristo) empezaron, como dice Michelet, a salir de debajo de la cama a partir de 1830. Del mismo modo, no hay que ser adivino para predecir que una rehabilitación más que parcial de los setenta años de socialismo real acompañara, como su condición necesaria, el auge del próximo movimiento revolucionario. Esto nos parece tan indiscutible como la ley de los vasos comunicantes.

Chejovianamente. El décimo y último minuto, el fin, fue para la juventud del mundo. Juventud que nada tiene que hacer con nuestras desilusiones, con nuestras debilidades, con nuestra adhesión, tan plácida como efímera, a todo lo que, en los años 1985-1990, fue gorblaterado en Moscú (el neologismo es de Zinoviev). La segunda Restauración, al plantear de manera muy aguda y amplia problemas análogos a los que planteó el primer capitalismo salvaje de principios del siglo XIX, conocerá los mismos amaneceres. Porque los enterradores del mundo tal y como va son ya legión; aquí y allá, sean en nuestros panoramas de desempleo, de revueltas y de declive programado, sea en la India o en China, esos workhouses enormes como continentes que en adelante serán nuestras manufacturas.

Es ella la juventud del mundo, la que sin duda hará llegar aquello cuyos entornos nosotros apenas podemos atisbar. Porque nosotros somos muy parecidos a los personajes de Chejov. Nosotros somos infelices. Sí, un poco infelices. Estamos persuadidos de que vivimos el fin de una época y el tiempo parece haberse detenido. Sabemos que algo va a venir. Pero no sabemos qué es.

(Jean Salem es profesor de filosofía y director del Centro de Historia de los Sistemas de Pensamiento Moderno de la Universidad de Paris. Es autor de numerosos libros, entre éstos, “Lenin y la revolución” (Ediciones Península, Barcelona. Enero del 2010). Es precisamente de este libro, de su epílogo, de donde reproduzco esta parte con la autorización del profesor Salem)

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