Ciudad Juárez: La cosecha de violencia y dolor

Carlos Marentes

Recientemente he visto tres imágenes en la televisión que me han partido el alma.

En la primera, aparece un numeroso grupo de veracruzanos partiendo de regreso a su tierra después de muchos años de vivir en Ciudad Juárez, a donde habían llegado intentando escapar de la pobreza. Se trata de familias enteras que llevan niñas y niños que nacieron y crecieron en la frontera. Muchas de estas niñas y niños van de regreso a una tierra que solo conocen por lo que les han platicado sus padres y madres migrantes. Son veracruzanas y veracruzanos que llegaron en busca de empleo, de una vida mejor. En Ciudad Juárez trabajaron arduamente en las maquiladoras, en la construcción y en trabajos domésticos. Y con su fuerza de trabajo, también nos trajeron sus formas de vida, su espíritu alegre, sus tradiciones y su comida, hasta que la violencia los expulsó. Es el éxodo del miedo.


En la segunda, aparece la imagen de un ejecutado en su humilde negocio. Los familiares llegan y se arremolinan a la entrada, mientras que las autoridades los contienen. Están desolados. Lloran y se abrazan para darse consuelo. Un niño afligido está cerca de ellos, tocándoles las espaldas, intentando ser parte del alivio al dolor familiar, pero nadie le hace caso. Entonces se deja caer abatido al píe de un árbol y se lleva las manos al rostro, es claro que está llorando desconsoladamente. En la expresión del dolor y la violencia hasta los menores de edad son excluidos, como si ellos no sintieran pesar por la tragedia.

La última es de un reportero del Canal 5 local que filma a un grupo de paramédicos auxiliando a una persona caída en la banqueta, vestida con ropas de policía municipal cuando de pronto lo sacude una fuerte explosión. Se perturba la imagen, solamente continúa el sonido, es obvio que el reportero ha sido herido. Y luego, cuando se reanuda la grabación aparecen dos vehículos de la policía federal en llamas, en medio de la chatarra de un auto, de pedazos de metal, de restos de los vehículos y de policías y civiles que corren pidiendo auxilio. Se trata del narcoterrorismo, dicen los medios locales. Se trata de una escena probablemente familiar en Irak, Afganistán o Pakistán. Pero no para esta ciudad fronteriza a pesar de la violencia que se ha vivido desde el inicio de la llamada guerra contra el narcotráfico.

Nací y crecí en Ciudad Juárez, en la colonia Hidalgo, y me parte el alma el dolor que hoy abate a su gente, entre la que se encuentran familiares, amigos, amigas y compañeras y compañeros de lucha. Al momento de escribir esto (julio 21, 2010) ya han sido asesinadas 1,576 personas en las calles de la ciudad solamente durante este año. Mientras tanto, las fuerzas policíacas y militares enviadas para enfrentar al llamado crimen organizado, en lugar de combatirlo, se han dedicado a catear hogares, a detener y a torturar, a extorsionar y a despojar a la población de los pocos bienes que aun tienen. La ciudad ha sido ocupada por la policía federal y el ejército, una especie de estado de excepción, pero la violencia y el dolor no cesa, por el contrario, continúa ascendiendo.

La mayoría de la población fronteriza, atemorizada y diezmada, se pregunta en medio de su dolor

¿Por qué hemos llegado a tal nivel de violencia, de impunidad y de abuso de autoridad?

Ya entendemos que el estado no solamente no puede acabar con la violencia criminal, que ha sido precisamente el estado, financiado por los Estados Unidos a través del Plan Mérida, que ha agudizado esta sangrienta violencia en contra de una población inerme y paralizada por el miedo. Así que por ahí no encontraremos la respuesta. Es más, a este punto ya no nos debiera interesar lo que hagan o digan el estado, los partidos políticos o las instituciones que supuestamente deberían proporcionar las más mínimas condiciones de seguridad pero que en vez de esto, han abandonado a la gente a su suerte.

Somos nosotros que tenemos que explicarnos por qué hemos llegado a este terrible estado de cosas. ¿Por qué nosotros? Porque no tenemos otra alternativa, porque nosotros mismos tenemos que encontrar la salida.

La respuesta en realidad no es tan complicada: Estamos cosechando lo que hemos permitido que se haya sembrado. Hemos permitido la vigencia de un sistema económico de opresión y explotación, que considera al ser humano un objeto no un sujeto. Un sistema donde la mayoría producimos la riqueza que se apropian un puñado de gentes utilizando todas las formas de dominación posible. En alguna ocasión se nos hizo creer que lo podíamos humanizar pero este sistema económico se nos ha rebelado como un capitalismo salvaje y ahora estamos pagando las consecuencias.

Nosotros mismos nos dejamos engañar por las “posibilidades de la economía global” y “la modernidad”. Hasta se nos hizo creer que algún día tendríamos una calidad de vida parecida a la de nuestros vecinos con su “American Way of Life” tan glorificado por los monopolios televisivos. Pero en vez de que los ingresos de los trabajadores fronterizos se emparejaran o cuando menos se acercaran a los salarios de los obreros norteamericanos, ha ocurrido lo contrario. Son los ingresos de los obreros norteamericanos que siguen descendiendo jalados hacia abajo por los sueldos miserables de los trabajadores mexicanos. Ha decaído tanto el ingreso mexicano que de acuerdo a una nota reciente: “El costo de la mano de obra en la industria mexicana se ha venido abaratando y ya es, incluso, más bajo que el de China.” Y nos proporciona los datos: “En 2009, las empresas ubicadas en México pagaron en promedio 372 dólares mensuales por mano de obra, y en China fueron de 379 dólares…” Vanguardia, Saltillo, Coahuila, 15 de julio del 2010.

Aceptamos el modelo de desarrollo “maquilador” y hasta hubo quienes afirmaban que la incorporación de las mujeres (en realidad las niñas) a este proceso de producción capitalista era parte de la liberación femenina, de la liberación de la opresión del hogar. Pero no hubo tal liberación. La verdad es que fue el sistema mismo que incorporó a la mujer a las fuerzas productivas y al hacerlo las convirtió primero en mercancías y después en carne de cañón. Por esto casi 200 mujeres han sido brutalmente asesinadas solamente en lo que va de este año.

Hemos permitido el despojo de las tierras indígenas y la insaciable destrucción de las economías campesinas locales. Dejamos solos a los dirigentes campesinos consecuentes y a los zapatistas cuando nos alertaron que la contrarreforma del artículo 27 representaba la cancelación de la posibilidad de una vida digna en el México rural y que la aprobación del Tratado de Libre Comercio con América del Norte sujetaba más nuestro destino a los intereses del capital extranjero. Al mismo tiempo, esto trajo la depredación de los recursos naturales así como daños, inclusive irreparables, para el medio ambiente. Donde antes hubo alguna modesta producción para el consumo local, ahora hay parques industriales o “maquiladoras”. En el ejido de San Isidro, en el Valle de Juárez, los campesinos ya no producen su propia comida sino que sus hijas y sus hijos laboran en la flamante maquiladora Electrolux instalada en tierras ejidales que les arrebataron por medio de la amenaza de la expropiación y el chantaje económico.

Nos aferramos a la ilusión de un “cambio democrático” como si esto traería automáticamente un cambio del sistema. Pero la posibilidad de un cambio profundo en las estructuras del poder político se dio y terminó al mismo tiempo en 1988. Entonces, confundimos a la transición de un gobierno corrupto, violento y mediatizador (representado por el PRI ) por otro que enarboló las banderas de la moralidad, los valores familiares y la eficiencia y enquistamos en el poder al sector de derecha (al PAN) que representa a la misma clase dominante. Al partido de la transición le tomó solamente unos cuantos años para superar, en corrupción, represión y manipulación al viejo partido que detentó el estado durante la pesadilla que duró más de 70 años. Ahora a muchísimos mexicanos les ocurre lo que a muchísimos iraquíes que extrañan a Sadam Hussein y añoran el regreso del PRI al poder del estado.

Apenas comenzamos a entender que no importa quien detente el poder del estado mientras el sistema permanezca inalterable. El sistema mismo nos ha llevado a la terrible violencia que hoy se vive en Ciudad Juárez y en muchísimas regiones de México. Podemos seguir enumerando otras causas que nos han arrojado a esta deprimente realidad. Fuentes de esta situación de horror y violencia también son la injusticia económica, la discriminación, la intolerancia, la criminalización de la juventud y de la vida social, etc., etc. Pero el punto es de que la violencia solo es el efecto de causas más profundas que hay que entender y que hay que enfrentar. Así que su erradicación necesariamente incluye un cambio del sistema y la construcción de otro tipo de mundo.

En medio de este terror y violencia incontenible, hay una esperanza y hay una salida. Como dicen los zapatistas “ya se mira el horizonte”. Esto requiere primero que nada, que desarrollemos una crítica contundente del sistema y pero también de que hagamos algo al respecto. No basta solamente con rechazar este sistema, sino que hay que empezar a romperlo.

Pero ¿cómo enfrentamos a este sistema tan poderoso y que parece inalterable? Cada uno debemos encontrar la forma de hacerlo. Para empezar hay que enfocar nuestras vidas y nuestras actividades (las que sean) para cambiar el orden establecido. En otras palabras, todo lo que somos y todo lo que hacemos tiene que ir en contra de la lógica capitalista. No hay otra alternativa, no hay otra salida.

En medio de esta cosecha de violencia y dolor, todas y todos, tenemos que empezar a sembrar el cambio, para que pronto podamos cosechar la paz, la justicia y la dignidad que queremos para nosotros, para nuestras hijas y nuestros hijos y para las futuras generaciones.

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2 comentarios en “Ciudad Juárez: La cosecha de violencia y dolor

  1. Muchas gracias por habernos enviado este texto. Me imagino que la desesperanza y la frustración deben ser los sentimientos mayoritarios que recorren a todos y todas los que intentáis cambiar vuestra “maldita” realidad. Recibid desde España un abrazo enorme y pensad que aqui hay gente que no se olvida de vosotros, de vuestra lucha y que denuncia día a día lo que está pasando en México, aunque sea en las clases con niños y niñas que viven también en una sociedad adormecida. Seguid denunciando al estado y a todos aquellos que viven por y para la violencia, no hay otra salida.
    Tiene que haber esperanza, y sería absurdo decir la frase vacía de “con el socialismo hay esperanza”, pero frente a esa barbarie sólo me queda el socialismo. Un saludo y un abrazo fraternal.

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